jueves, 11 de mayo de 2017

Los tres cerdos (Los tres cerditos) - Cuentos Clásico

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Cuento Clásico Autor Raúl Rojas Voz del Narrador Caperucita Roja
Los tres cerdos (Los tres cerditos)


Versionando los clásicos: Los tres cerditos.


La vida había transcurrido casi por completo para Ernest Hopye; la había aprovechado bien y por eso se sentía satisfecho. Junto a Sussie su esposa había educado a sus tres hijos varones con buenos modales y otros valores apreciados por la gente. Además, les había dado sendas partes de su hacienda, lo que significaba que tenían su futuro económico asegurado. A Fred, el más pequeño, había heredado la parte norte de la hacienda; a Wallace la parte poniente; y a Ron, el mayor, el resto.

Cada uno de ellos utilizó su heredad de la manera que más convino a sus planes. Ron, parecía tener la mejor posición de todos, ya que en su propiedad abundaban los pozos de agua, además tenía varios cientos de cabezas de ganado. Wallace tenía en su latifundio cebada y trigo y algunas hectáreas con hortalizas. Fred, solo sacaba provecho de una finca grande que había convertido en una posada.

Cierto día, Sussie Hopye, enfermó de gravedad. Ningún médico pudo hacer nada por salvarla y murió


a los ochenta y ocho años de edad. Ernest quedó devastado. Nada lo consolaba. Comenzó a beber demasiado y a actuar como una bestia. Su vida se derrumbó por completo. Entonces se vio obligado por la necesidad a hacer lo que siempre se dijo que no haría: acudir a sus hijos. No concebía la idea de pedir a sus hijos algo de lo que él mismo les había regalado. Sin embargo, ahora dormía a la intemperie y andorreaba solitario por las calles. Tomó el tren rumbo a Tres Hermanos, la gran hacienda que había heredado en vida a sus hijos.

Primero acudió a Fred, el cual lo ignoró por completo. Ni siquiera lo recibió. Después fue a donde Wallace, pero éste le puso muchos pretextos. Tampoco quería recibir a su padre en su hogar. Ron era su última esperanza… Se encontró entonces con su hijo mayor:

—Ron, hijo, hace tanto tiempo que no te veo -dijo el anciano Ernest, mientras casi derramaba lágrimas-.
— ¡Padre! -exclamó con alegría-.
Se abrazaron en un cariñoso saludo prolongado.
—Padre, supe lo de mamá. Qué tristeza para todos, pero sé que ahora está en un lugar mejor, “lejos de todo sufrimiento” -citó palabras que su madre solía decir-.
—Tu madre siempre estuvo en un lugar mejor…
Ambos recordaron algunas cosas que solía decir y hacer Sussie.

—Y, padre ¿qué te ha traído por estos rumbos de la Hacienda? Dime.
—Me siento solo. Necesito un lugar para pasar los últimos días de mi vida.
—Siempre acudes con Fred primero ¿qué te dijo él? -cambió un poco su actitud-.
—Fred está muy ocupado, y Wallace tiene una familia perfecta en la que no cabe un padre vetusto.
—Padre… tú me educaste, tú me enseñaste. No puedo hacer nada distinto a ti. Puedes venir a vivir a mi casa, pero recuerda: es mi casa y son mis reglas -dijo citando ahora lo que solía decir Ernest en tiempos pasados-.


Aquel padre desolado, miró fijamente a los ojos de su primogénito, y con tristeza y un poco de decepción aceptó la oferta de su hijo. Se retiró a su nueva habitación con un plan en su cabeza, hacer lo mismo que Ron hizo cuando él le dijo esas palabras: irse de casa.



I N
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© Raúl Rojas


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