martes, 10 de marzo de 2015

Al acecho de Lynda White (Blanca Nieves)

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Cuento Clásico Autor Raúl Rojas Voz del Narrador Blanca Nieves
Al acecho de Lynda White (Blanca Nieves)


Versionando los clásicos: Blanca Nieves.


Corría el año de 1908 y otro brote de cólera tenía en jaque a Londres. Pero a mí lo que me preocupaba más era resolver el caso de la señorita Lynda White, que mi jefe, el teniente Ian Hoffman, me había comisionado. Para aquel entonces yo apenas tenía veintidós años de edad y aún no era oficialmente detective, pero el sr. Hoffman, con tantas cosas que resolver y tanta presión de sus superiores para obtener buenos resultados, me ofreció la oportunidad de llevar el tan sonado caso de la señorita White. El viernes veintiuno de febrero de ese año llegué por primera vez a mi escritorio en donde ya me esperaba el que sería mi ayudante, Giuseppe Laconte, italiano y un año más joven que yo.


— De modo que tú y yo seremos compañeros en este caso –le dije para romper el hielo, mientras yo mismo manipulaba una pluma- .
— Así es señor, estoy listo para ayudar –me contestó con un tono de mucho respeto, totalmente bien sentado y con las palmas abiertas sobre sus piernas-.

Comenzamos por leer la enorme pila de hojas sobre el caso. Eso nos sirvió para hacernos una idea general del tema, llegar a algunas conclusiones, y saber en dónde y cómo empezar.

Primera conclusión: Lynda vivió en la casa de su padre aunque no con él, al menos no mucho tiempo, pues éste había fallecido cuando ella apenas contaba con cuatro años de edad. Su madrastra se había hecho cargo de ella a partir de ese momento y hasta poco antes que cumpliera los dieciocho años de edad… donde comienza realmente el caso.

Segunda conclusión: Por otra parte estaba Margaret Brueh Hallester, una dama de buena estirpe de Londres. Ella había sido acusada de la desaparición de su hijastra -la señorita White-, hija de quien fuera su esposo, el honorable Sir Frederick White Snow y con quien se había casado en 1894. Pero Margaret, había desapareció cuando supo que era la principal sospechosa.

Tercera conclusión: Norman Wendel, el mayordomo de la señora Brueh, nacido en Liverpool, también era sospechoso. Éste le era siempre fiel a Margaret. Estaba bien constatado que Norman metería las manos al fuego por la señora Hallester. Había una declaración de una mucama que aseguraba que Margaret le había ordenado ‘deshacerse por cualquier medio’ de Lynda.


LINDA HA DESAPARECIDO.
Lo primero que quisimos hacer fue averiguar si Lynda estaba viva o muerta, así es que comenzamos por hablar con sus amigos y conocidos. Interrogamos a Lily y Emily, unas mellizas de origen escoces que vivían cerca de la casa de la desaparecida. Después de horas de charlar amablemente con ambas, nos insinuaron que probablemente Lynda habría huido hacia el norte para protegerse de su madrastra. Pero el dato más efectivo que nos dieron fue sobre Norman. Lo habían visto cerca del jardín de Welwyn apenas unas semanas antes del interrogatorio.

El martes veinticinco de febrero acudimos Giuseppe y yo a dicho jardín, en donde después de varias horas recorriendo el lugar y sus alrededores, vimos al sospechoso trabajando como mozo en una tienda grande de artículos varios.

— ¿Señor Norman Wendel? –me acerqué a él por detrás, mientras él atendía a una anciana-.
— Sí –respondió y nos miró de la cabeza a los pies-.
— Somos los detectives, Kreesler y Laconte –se me adelantó, Giuseppe- y queremos hacerle unas preguntas sobre Lynda White.
— Lynda White –dijo entre dientes, entonces soltó la canasta que sostenía con sus manos y se echó a correr.

Lo seguimos con dificultad por un buen tramo del jardín de Welwyn, pues nuestro físico no es el mejor para perseguir a alguien de 6,3 pies de altura. Pero conseguimos detenerlo gracias, primero a un amable ciudadano que se compadeció de nosotros al vernos perseguir al sospechoso y lo detuvo con fuerza, y segundo, gracias a las armas que nos entregó el detective Hoffman y que portábamos en todo momento. En el interrogatorio que le hicimos confesó que Margaret le había ordenado deshacerse de Lynda y que, aunque él sí quiso obedecerla, le fue imposible hacerle daño a la hermosa jovencita. Confesó: “La liberé cerca de aquí, le di dinero y le di algunos consejos para que pudiera huir más lejos y ya no supe más de ella. Yo mismo estoy con miedo y por eso no volví con Margaret… -hubo una pausa de algunos segundos- la señora Brueh Hallester es capaz de cualquier cosa con tal de llevar a cabo sus planes”. Lo liberamos. No había un delito del que acusáramos a Norman, al fin de cuentas, su proceder había liberado a Lynda y le había salvado la vida. Al menos sabíamos que Lynda estaba con vida.

El sábado veintinueve de febrero (día de suerte para los detectives) mientras rondábamos el jardín de Welwyn indagando por pistas que nos llevaran a la señorita White, se nos acercó un hombre maduro, de unos cuarenta años de edad, de barba abundante y ojos color marrón. Nos preguntó que si buscábamos a la señorita White. “Conozco al detective Hoffman –y subrayó- y… le pedí varias veces que me diera el caso Lynda White. Soy el detective Aaron Holm, de la división del norte de Londres –nos saludamos. Él miraba profundamente a los ojos-. Ayer terminé el caso que me asignó Hoffman, y hoy quise colaborar con su caso, Kreesler. He estado aquí desde la mañana y he averiguado en dónde está viviendo Lynda”. Giuseppe y yo nos miramos a los ojos, nos sentimos unos completos inútiles, pues en unas horas él había hecho más que nosotros en varios días. Pero gracias a las prácticas de comportamiento que me daba mi madre desde niño, no hice ni un solo movimiento de decepción o derrota, ni mucho menos. Le mencioné que si tenía elementos que agregar al caso, pistas, nos las dijera de inmediato. Nos aseguró que Lynda vivía cerca de ahí y nos invitó a seguirlo hasta su auto, un De Dion–Bouton. Fuimos hacia el norte. Llegamos a una casa muy bonita de grandes jardines ubicada a las afueras de Londres. Cuando entramos a dicha casa, vimos a la señora Margaret Brueh Hallester de pie junto a unas elegantes escaleras. Cuando quisimos iniciar una acción contra ella, se oyeron dos disparos. Aaron nos apuntaba con una pistola, sus disparos los había dado a propósito en el techo. Citando palabras de Fedro, el escritor Romano, nos dijo, “Tan peligroso es creer como no creer”. Y soltó una risa, digna de cualquier desequilibrado mental. “¿Comieron algún bocado? -preguntó Margaret, Aaron respondió que no. Menos mal que no le habíamos aceptamos el bocado que minutos atrás nos había ofrecido mientras viajábamos en su auto-. No importa, deshazte de ellos”, le dio la orden y salió por la puerta de servicio de la mansión.

Mientras Aaron nos daba órdenes malhumoradas, entró por la puerta principal, Norman, que nos había seguido desde Welwyn en su viejo auto. Pronto hubo disparos, tanto de Aaron, como de Norman, Giuseppe y míos. Allí cayó muerto el corrupto detective Aaron Holm. Norman quedó herido de muerte.

— Norman, va a estar bien –le dije tratando de consolarlo-.
— Vayan tras de Margaret, si la pierden será imposible rescatar a Lynda –dijo muy seguro, pero con el poco aliento que le quedaba. Y todavía balbuceó otras palabras-. Muchachos, el Reverendo, el reverendo dice “no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar”. Aprende en quién confiar, Kreesler -me dijo-.

LINDA APARECE.
Nos fue difícil dejarlo ahí, herido. Tomamos el De Dion–Bouton y nos apresuramos a seguir las huellas del auto de Margaret. Nos llevaron más hacia el norte a una posada cerca de la carretera. En el interior se hallaban nueve personas, siete jóvenes, Lynda y Margaret. Ésta última los amenazaba con una pistola. Hicimos un plan rápido Giuseppe y yo para liberarlos, en el que él dispararía a Margaret, mientras yo protegería con mi cuerpo a Lynda. Hubo muchos disparos…

Salvo pequeños rasguños y gigantescos pavores, todos los que tenían que salir bien, salieron bien: los siete jóvenes, Lynda, Giuseppe y yo. 

Cuando todo estuvo más tranquilo, Lynda nos explicó lo que había sucedido:

“Imagine mi inquietud, detective Kreesler –me dijo, mientras aún la sostenía después de aquella balacera-. Todo el tiempo Margaret fue mala conmigo; varias veces trató de envenenarme, es su costumbre. Traté de huir antes, pero me fue imposible, no sabía qué hacer una vez que hubiera huido. Fue una verdadera bendición que, aun sin decirme palabra alguna, Norman me hubiera sacado de aquella casa del infierno y me hubiera dado dinero y consejos para sobrevivir –Giuseppe y yo nos miramos. Tan solo con la mirada, pactamos guardar el secreto de Norman-. Fue un verdadero ángel -dijo conmovida, y agregó-. Encontré esta posada, en donde los muchachos me ofrecieron quedarme a cambio de hacerles la comida y los quehaceres de este enorme lugar”.

Nada mal para el que fue mi primer caso, pues obtuve bastantes beneficios: aprendí a saber cuándo confiar y cuándo no, aunque puede ser difícil decidir. Ambas opciones encierran peligros y más hoy que son tan comunes las artimañas y la traición; desde luego, también aprendí las palabras del reverendo que Norman me dijo; Giuseppe, pidió estar conmigo en todos los siguientes casos.

Yo me enamoré de Lynda y ella de mí. Desde luego, también hicimos siete amigos más y desde aquella ocasión solemos ir a visitarlos allá a las afueras de Londres para pasar un rato agradable con ellos…






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© Raúl Rojas

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