martes, 15 de agosto de 2017

Los verdes días - Cuento

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Cuento Corto Autor Raúl Rojas Voz del Narrador
Los verdes días - Cuento







Bzzz, bzzz. El zumbido insidioso no dejó que Agustín pudiera concentrarse en las letras de Ian Stevenson: una mosca de la fruta se mantenía volando muy cerca de su cabeza. Los ojos verdes de aquella criaturita voladora lo pusieron en alerta de súbito. Hizo algunos gestos y movió los brazos, no para alejarla sino en símbolo de que la dominaría. Tomó el libro de 462 páginas y la persiguió tratando de aplastarla con él hasta que la perdió de vista.

Esa noche soñó con la mosca. En su sueño yacía sobre una cama de espinas, los enormes ojos verdes de la mosca se posaban sobre él. Lágrimas del color de la miel caían sobre su rostro y cuello pegándolo a su lecho. Luchaba por levantarse pero eso era imposible, perdía poco a poco las fuerzas. Cuando estaba a punto de desfallecer logró despertar.

Por la mañana miró a la mosca en el cesto de la basura. Tomó el primer objeto que se encontró (el Libro de Stevenson) y se lo arrojó. La mosca pudo escapar pero no por mucho tiempo, pues Agustín usó su propia palma para aplastarla y la mató. Tomó entonces su tradicional desayuno e hizo lo de siempre: mirar sus habitaciones, ver detrás de las cortinas y debajo de la cama, debajo de la mesa. Solo así se sintió tranquilo y pudo irse al trabajo.

Miau, miau. Cuando regresó esa tarde encontró justo en la entrada de su departamento a la gata blanca de su vecina del 368 C. Separó los pies para esquivarla y poder pasar. Cuando brincó a la pequeña minina esta lo miró con sus ojos verdes. Eso le produjo un sobresalto. Entró y azotó la puerta, se recargó en el panel interior. Sudaba asustado. La gata saltó hacia la ventana y rasguñó la madera. Agustín se acercó, abrió la ventana y empujó a la gata. Esta cayó veintinueve pisos.

Toc, Toc. Eran las ocho, hora de su cita con la estilista. Ella lo saludò, "buenas noches, ¡señor Agustìn?". Entró en pánico al ver los ojos verdes de la jóven. Tomó un objeto punzo cortante de una repisa y se abalanzó contra la estilista. Le clavó varias veces ese objeto en su delgada figura color almendra.

Se sentó en el suelo a pensar cómo desaparecer a la ojiverde. No tuvo éxito. Se puso de pie y se sostuvo de las paredes de su pasillo principal y cojeó hasta su habitación. Extendió sus manos y pies sobre su cama. Lloró tembloroso, durmió pensando en cómo deshacerse de la estilista.

Ring, Ring. Temprano su alarma taladró en su cabeza. Una idea brillante le vino de su último sueño; en la ducha perfeccionó el plan para eliminar el cuerpo de la chica. Salió de la bañera para afeitarse y al verse en el espejo, ¡sus ojos!

Ahora eran de color verde.

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© Raúl Rojas



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jueves, 22 de junio de 2017

La maestra Elena - Cuento

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Cuento Corto Autor Raúl Rojas Voz del Narrador
La Maestra Elena - Cuento







Nadie decía nada por una sencilla razón: no había nada qué decir. Cada uno tenía solo dos lugares para mirar, la nada y el suelo. Cada uno poseía también un recuerdo propio y otro para poder compartir con alguien más.

Cuando Abigaíl se acercó a Leandro, a pesar de tener quince años sin haberse visto no le dijo nada, solo lo besó en la mejilla y después rodeó con sus brazos la cintura de él y recargó su cabeza en sus hombros dejando a sus sentidos avistar cada suspiro que estaba a punto de salir de su pecho. Jaime platicaba cordialmente con su archienemigo Bruno. Mayra, la chica más alegre que alguien pueda conocer, caminó hasta cruzarse en la mirada de Sergio y lo saludó a la distancia con una enorme sonrisa mediada por la mesura de su propio semblante.

Allí estaban todos y más; la mitad idénticos y el resto diferentes. Serios, tristes pero siempre con una sonrisa cálida de consuelo, unidos por lo que había logrado ese aciago suceso: Elena del Carmen Ballesteros Mora, su querida maestra de la infancia, yacía en el ataúd.

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© Raúl Rojas


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jueves, 1 de junio de 2017

Beso pertinaz - Poema

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Poesía Autor Raúl Rojas Voz del narrador Poema
Beso pertinaz - Poema







Anhelo mi nube personal
parásito de mis ojos
desierto en la boca
niebla del ego

emana problemas
infranqueable siempre, libera mis vicios.


Doy saltos por el pasto
en mi rostro el viento
ninguna marcas en las muñecas
tampoco en los tobillos

ruido multicolor en mis manos
oigo mis miedos, escucho los tuyos.


Beso pertinaz
al incienso
inherente a mi boca.

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© Raúl Rojas
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jueves, 25 de mayo de 2017

La calesita - Cuento

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Cuento Corto Autor Raúl Rojas Voz del Narrador
La  calesita - Cuento







Sin darle tantas vueltas, el juego favorito del pequeño Benjamín era la calesita color naranja que estaba en la Plazuela Conmemorativa Leiva Ibañez. Acudía ahí todos los días para jugar con los demás niños, no obstante, cada vez menos infantes visitaban esa parte de la plazuela; y había una buena razón para ello: decían que un niño muy travieso se apoderaba de dicha calesita naranja y no dejaba subir a nadie más.

Día tras día el pequeño Benjamín Leiva Ibañez daba vueltas en la calesita, él solo, encima del caballo percherón que le había quitado la vida, en 1939.

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© Raúl Rojas

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jueves, 18 de mayo de 2017

Ese bosque - Poema

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Poesía Autor Raúl Rojas Voz del narrador Poema
Ese bosque - Poema






El bosque me arropa con su fragancia
la bruma mantiene en secreto la vida
colores lo pintan con suma elegancia
se escucha su música extrovertida.

Conozco ese bosque desde mi infancia
siempre me ha dado la bienvenida
árboles, flores en sobre abundancia
han hecho mi vida más divertida.

Lo sigo mirando con cierta ignorancia
de cómo me cura y de cómo me cuida
de cómo me enseña sin arrogancia
de cómo me obsequia lo que le pida.

Todo en el bosque es una ganancia
lo hieres, perdona; lo amas, no olvida
abunda en el bosque una firme sustancia
que fuera de allí se encuentra extinguida.

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© Raúl Rojas
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jueves, 4 de mayo de 2017

Lo prometido - Poema

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Poesía Autor Raúl Rojas Voz del narrador Poema
Lo prometido




En tus pupilas
me llevas escondido.
Es la manera en que vigilas
lo que nos hemos prometido.

En mi pecho
te llevo escondida.
Hagámoslo nuestro lecho
lo que nos resta de vida.

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© Raúl Rojas
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jueves, 20 de abril de 2017

El Curi - Cuento

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Cuento Corto Autor Raúl Rojas Voz del Narrador
El Curi- Cuento






Todo parecía normal aquel jueves seis de junio de 1935 en Camberwell. Sin embargo, sucedió algo que dejó a todos con la boca abierta: Louis Facey, conocido con el sobrenombre de El Curi*, un delincuente que había asolado a toda aquella región con sus fechorías se había entregado a las autoridades. Costaba creer esa noticia, ¿que El Curi se entregó?, resonaba esa pregunta por todas partes, en tono de duda y haciéndola la conversación predominante de la localidad y sus alrededores. La noticia incluso llegó hasta los oídos de Sir Edward Denham, a la sazón gobernador. No era normal que un malhechor como él  se entregara así de la nada, por eso era tan sonada la crónica noticiosa que indicaba que se había decidido a no seguir más con sus fechorías. Había algo que lo había llevado a entregarse, algo que nadie sabía, algo que nadie siquiera sospechara...

La manera de actuar de El Curi era bien conocida: rápida, artera y astuta.
Algunos de los atracos que perpetraba estaban expuestos a toda tinta en el popular rotativo The Gleaner:

Según señalaba dicho Diario, en Kingston, un día de invierno de 1934 “se había acercado a un señor alto de mediana edad que salía del Bank of Nova Scotia de sacar algún dinero (155,000 libras), le rodeó por el cuello con una mano y soltándolo casi al instante, le arrebató un pequeño maletín que llevaba sostenido de sus manos. No le dio oportunidad de defenderse y le asestó un golpe en la cara que lo derrumbó. Como si eso fuera poco, robó el auto de ese pobre hombre también”. Otra nota indicaba que una noche de ese mismo año, había “robado una buena cantidad de dinero de la caja fuerte de la casa de los Browne, en Camberwell (188,000 libras jamaiquinas) además de algunas joyas. Según algunos testigos, al salir tomó la precaución de atrancar las salidas posibles, dándose así más tiempo para alejarse lo suficiente y que los Browne no pudieran dar aviso a la comisaría pronto”. También se informaba de cuando robó un barco de los Guardacostas cerca de Falmouth; por ese delito le habían anunciado como uno de los ladrones más buscados. Se ofrecía una jugosa recompensa por él que se anunciaba en el Jamaica Gazette.

Después de robar aquel barco decidió mudarse a Kingston, el lugar donde vio por primera vez la luz el día del gran terremoto de enero de 1907, pero demasiada gente lo conocía en esa zona, pues solía ir a menudo a visitar a sus amigos de la infancia. De hecho, las personas que lo conocían desde niño, le decían El Terremoto. Así es que decició que era mejor mudarse cerca de Mo-Bay (a 95 millas de Camberwell). Era un área menos poblada y viviría cerca de la costa en una casa no muy accesible a cualquiera. Allí habría menos posibilidad de autoridades cerca de él. Se llevó a vivir ahí  a sus dos lumbreras: a su esposa Vee Mavis y a su hijita de nombre Evye. No sería ni difícil ni raro para ellas vivir junto al mar, razonaba, pues su esposa había nacido en Ocho Ríos veintitrés años atrás y su niñez y adolescencia la había vivido en la pequeña ciudad costera de Annotto Bay. En cuanto a su pequeña de cuatro años de edad pensó que se adaptaría pronto como lo hacen los niños. Además, estaba en la edad en que observan y preguntan todo, así que supo que no le costaría mucho adaptarse a la vida cerca del mar.

Poca gente en Mo-Bay los conocía, pero ni si quiera ellos sabían que las autoridades lo buscaban con tanta vehemencia. Al principio trató de llevar una vida normal pero después de transcurridas pocas semanas de vivir en aquella tajada del paraíso lo estropeó todo. La tranquilidad de su pequeña familia se vio afectada de nuevo cuando comenzó a actuar con vileza una vez más. Sumó varios delitos a su ya largo historial de quebrantamientos, desde comerciantes del mercado de Mo-Bay hasta turistas, pasando por someter y despojar de cosas valiosas a todo tipo de obreros y “territorios”. Algunas veces su desafío era una pared alta, en otras la obscuridad o la intensa seguridad de la que disponía el sujeto en su mira.

Cierto viernes acompañó a Vee Mavis al mercado. Una mujer lo reconoció. Un ataqué y robo a domicilio unos días antes era lo que los vinculaba. No tardó mucho en secundarla un paladín de la justicia que le sugería cosas al oído. Comenzaron a seguirlos. El Curi le dijo a su esposa que se llevara a Evye a la choza que les servía de casa, refugio y almacén. Mientras tanto, él intentaría engañarlos al caminar entre las estrechas calles. Aquella táctica le resultó pues los perdió al poco rato. Cuando se reunió con su esposa le dio indicaciones de cómo llegar hasta la casa de su hermana Amy cerca del centro de Mo-bay. Después de algunos días allí, les dijo que fueran ella y la pequeña a su casa en Port Antonio donde, según planeaba, las alcanzaría algunos días después y vivirían -de nuevo- la vida perfecta.

El consejo Municipal había dado órdenes de capturarlo, no solo porque habían descubierto que El Curi estaba actuando en esa región, sino porque se enteraron todo lo que en el Jamaica Gazette se publicaba sobre él. Comenzaron a colocar una foto en los carteles que anunciaban la jugosa recompensa. En dicha foto, aparecía posando de cuerpo entero frente a un Fuerte antiguo. En el centro del panfleto estaba escrita la leyenda: “L. Facey, alias ‘El Curi’ o ‘Terremoto’, Circa 1928”. Ya no pudo trasladarse con normalidad como habitualmente lo hacía. Ahora se vio obligado a cruzar por las montañas, atravesar valles, serpentear ríos y soportar a veces la lluvia y caminos lodosos y a veces el sol y caminos polvorientos. Dormir a la intemperie al caer la noche por no poder conseguir alojamiento se le hizo habitual. No le servía de mucho la paca de billetes que llevaba guardada en su regazo. Se escondió en Oracabessa unas semanas.

Entonces, después de algunos días precisamente el jueves seis de junio de 1935 estaba ya en Port Antonio con su esposa e hijita. Mientras tanto, como le habían perdido el rastro por algún tiempo, el juez Wilkinson, había ordenado una recompensa aún mayor por información que le llevara a mi captura. No dijo que vivo o muerto, pues previó que podría ser peligroso para el ciudadano común toparse con tal delincuente. El Curi, con su ‘letra escarlata’ de todo peligro, podía ser mucho más que un dolor de cabeza para cualquier persona, inclusive para juez Wilkinson, que se llevó tremendo susto al verle frente a él mismo, ese jueves ya mencionado.

—“Judges”, aquí estoy, quita los anuncios que mandaste poner por todos lados -le dijo en un tono sólido-.

—Lo-lo-louis -tartamudeó y movió su silla hacia atrás- “¡Deténganlo!”, ordenó, mientras volteaba a todos lados como buscando alguien que lo apoyara con tan vil personaje.

—No hace falta tanto alboroto Wilkinson, si no te has dado cuenta he venido a entregarme -alardeó con el tono dominador que le caracterizaba-.

Lo detuvieron, lo encarcelaron y lo juzgaron; fueron rápidos, arteros y astutos. Les confesó sus delitos, inclusive algunos que las autoridades ni siquiera sabían. Lo único que no les confesó, fue lo que le hizo entregarse:

El día que llegó a su casa en Port Antonio cerca de las 8 de la mañana, lo hacía con un enorme regalo para su pequeñita Evye. Lo recibieron ella y su esposa, con el par de besos acostumbrados en la mejilla.

—Hola nenita, mira lo que te traje –y se puse en cuclillas-.

—Hola papi, ¡maravilloso! gracias -abrió tremendos ojos al ver su enorme regalo-. Gracias papito, te quiero mucho mucho mucho mucho, te quiero desde aquí hasta el cielo del cielo -le dijo emocionada-.

Se acercó para darle un abrazo y le dio otro beso. Entonces, refiriéndose al regalo que le había llevado su padre le preguntó con esa voz encantadora, voz que le desgarró el corazón, “¿Esto también te lo robaste, papi?”.

Algo dentro de El Curi cambió para siempre. Ahora solo espera terminar su condena y que su querida hija orgullosa de él.

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© Raúl Rojas



* Curi, Cavia porcellus, un roedor escurridizo.

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